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Llega la noche en Benarés y la gente, turistas y locales, toma posiciones para ver el aarti en honor al río en Dasaswameth Ghat. Las barcas se agolpan a la orilla, chocando entre ellas por un plano que haga la experiencia más intensa, más única, más excepcional. Lo cierto es que cuesta desvincularse de lo que sucede alrededor; de los japoneses saltando por encima de la multitud para fotografiar la pequeña vela a los pies del joven brahmin, el alemán vestido como un pedigüeño con la mirada perdida que parece seguir los ritmos de la música, los barqueros conversando entretenidos sobre el último partido de críquet, la ausencia del monzón o lo raros que han sido sus clientes del día. Tal vez muchos no saben, que lejos de la pompa de la representación en el ghat principal hay otros que a menor escala realizan los rituales quedamente, entre niños que corretean y apagones de luz.

Apenas hay turistas en Lalita Ghat, un ghat cercano a Manikarnika. Ni la técnica, ni la coordinación ni el despliegue de medios tampoco les ayuda a competir con el aarti de todos los aartis. Sin embargo, unos minutos a orillas del Ganges, bajo la simple actuación de estos jóvenes brahmines, totalmente envueltos en la oscuridad, deja la sensación de haber vivdo algo íntimo. Como en una Fiesta Mayor o una cantada de habaneras, donde las familias se reunen con devota atención mientras los niños juegan al escondite inglés, por un momento me trasladé a la infancia. Las barcas se amontonaban a lo lejos y el estruendo de Dasaswameth Ghat retumbaba en las nostálgicas fachadas palaciegas, mientras unos pocos miramos como, a su ritmo, el fuego honraba al sagrado Ganges en un rincón solitario de la intemporal Varanasi.

 

Ahora que estoy lejos de Delhi por unos días, me doy a la lectura de otras visiones de la India. Hay que buscar mucho para encontrar libros en Japón que hablen de la India, y que hablen bien. Me temo que Deep River no tiene la riqueza de la experiencia que esperaba, pero hay que reconocerle algunas cosas. Empecemos por describir casi a la perfección las típicas reacciones de los japoneses ante la India, un país del que probablemente tienen otras orientalizaciones que las europeas, aunque no dejen de tener las suyas. A través de la experiencia de Varanasi, los cuatro protagonistas se transforman. Cada uno de ellos ha ido a la India en una peregrinación budista por distintos motivos, ninguno de los cuales directamente religioso. Todos miran hacia el hinduismo con unos ojos hipnotizados y creo que demasiado cándidos. Endo es uno de los escritores más interesantes de la literatura contemporánea nipona, aunque tal vez mucho menos conocido que Murakami, Oe o Yoshimoto. Para él este debía ser un libro esencial puesto que lo eligió para meterlo en su ataud. La discusión sobre el cristianismo en el libro es, tal vez, lo menos literario y más aburrido. Endo mantuvo durante su vida una preocupación constante sobre como ser cristiano con herencia japonesa, eso me han contado, pero la verdad es que en este libro sus divagaciones sobre el cristianismo y la reencarnación sobrepasan los limites de la novela y, a veces, la convierten en un aburrido ensayo que no está muy claro que lleve a ninguna parte. A mencionar también lo gratuito de situar toda la historia en medio del asesinato de Indira Gandhi que no aporta demasiado a la historia, más que la oportunidad de cometer un par de errores históricos sin importancia…

Con todo, interesante leer esta aproximación japonesa a la India.

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