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Puede parecer que intento buscarle el sentido a todas las escalas que hago hacia Delhi. Pero lo cierto es que Viena, es de algún modo otro hito en la relación Oriente – Occidente. En el año 1529 y 1683 los turcos sitiaron Viena en su avance hacia Europa Central y la capital del Imperio Austrohúngaro soportó los embistes de la potencia otomana. Sin Viena, como sin Tours, tal vez Europa no sería la que conocemos. Sin acritud hacia los musulmanes, pero el mundo es como es porque nos hemos peleado y hemos llegado al acuerdo tácito de dejar de hacerlo (o al menos la mayoría). Viena es un bastión de frontera, que nunca dejó de estar en el corazón geográfico de Europa.

Lo cierto es que Viena no decepciona en su grandeur decimonónica. Magnífica y espaciosa, mantiene esa pátina vintage aristocrática tan extraña de una República. Paseando por las calles del interior del Ring, me crucé con parejas vestidas con copete y capa, vestidos con cancán y demás accesorios de antaño, para asistir a un baile de gala en el Palacio Imperial. Nada tiene que ver que lo organizara un partido de extrema derecha que posiblemente no cuente con el favor de ninguno de mis lectores. Lo fundamental es que esa gente podía ir por la calle disfrazada de Sisí emperatriz sin sentirse en un carnaval, porque Viena disfruta calladamente de su pasado.

Perfecta para pasear por la noche, a pesar del frío que azotaba el asfalto y había dejado los alrededores de Viena, del Atlántico al Mar Negro, cubierto por una fina, pero continua capa de nieve. Viena invita a hablar; con un café o un chocolate, con una jarra enorme de cerveza, un vino, un preseco. Schnitzel del tamaño de una pizza, un riesling templado y mojitos en un bar cubano lleno de cubanos expats. Demasiado breve para poder degustar una ciudad que invita a ponerse las mejores galas y escuchar música clásica en la ópera más imponente que se hayan cruzado estas Onitsuka Tiger.

Y con toda esta intensidad… eché de menos al Danubio.

Hoy he ido a un buscador genérico de vuelos Barcelona – Delhi (hasta que a alguien le parezca un negocio suficiente, nos conformamos con hacer escalas). Cuál ha sido mi sorpresa cuando el precio más económico que ha aparecido en la web Viajar.com era el de AeroSweet – 40 horas de vuelo – 238 euros (solo ida). Me ha picado la curiosidad. ¿Se pasarían las horas de tránsito comiendo golosinas?

AeroSweet según www.viajar.com ha resultado ser AeroSvit, las líneas aéreas ucranianas. Parece que pronto podrían ser una alternativa económica a las compañías existentes, no en vano Kiev cae en medio de la ruta Europa – Asia (como también Istanbul o Moscú). De momento, sólo vuela de Estocolmo a Delhi (via Kiev) y diversas ciudades alemanas, pero con perspectivas de incluir Londres y ampliar destinos.

Despedidas a parte, no me siento menos legitimado para continuar con mis Delhicatessen. Menos cuando el vuelo Delhi – Moscú – Barcelona tuvo de nuevo grandes elementos a comentar. Aeroflot no se ha ganado las simpatías de la mayoría de usuarios del transporte aereo. Hablando con este o con aquel, todo el mundo parece coincidir en sonreirse y entornar los ojos a lo, te has vuelto loco o qué, cuando anuncias que vas a volver a casa con la compañía rusa. Ya no usan los Tupolev famosos por sus accidentes, pero al parecer la fama de peligrosa ha permanecido. El caso es que volar con Aeroflot entraña algunas diferencias notorias con la mayoría de compañía que unen Asia y Europa. En primer lugar está el precio. Un viaje de ida a precios razonables, para los que no saben cuando van a ir o cuando van a volver. 270 euros por trayecto en temporada no exactamente alta es una muy buena oferta, aunque en muchas de sus conexiones las esperas puedes resultar interminables (aunque en mi caso fueron escasas 2 horas). Luego está el avión. Tiene los servicios normales de un vuelo low cost, al que se le suma la comida. Sin pantallas de entretenimiento ni casi nada para pasar el rato, excepto un único ágape. A pesar de lo ratilla de dar sólo una comida en un vuelo de 6 horas, hay que reconocer que era copiosa. El salmón delicioso ha dejado un buen recuerdo. Sin embargo, el servicio es férreo y resulta casi imposible arrancarles una sonrisa. El inglés no brilla por su ausencia, pero la pronunciación del inglés lo convierte a ratos en un idioma extranjero para los que lo chapurreen. Esto sumado a la antipatía postcomunista da como resultado algunas escenas de incomunicación que provocan un cierto miedo a ser apaleado o llevado al cuartelillo que seguro deben tener en la cola del avión o, pero, en la bodega. Y no me quiero imaginar lo que Natasha te puede hacer en las catacumbas del avión. Otra Natasha me cacheó en el control de seguridad del tránsito. Juro y perjuro que nunca había visto una mirada más fría. Nadie se apiadó de mi cuando mis zapatos no salieron del escaner y pretendían que continuara sin ellos, palabra de Delhicatessen. Tras mucho insistir al tipo, que seguramente tampoco hablaba más inglés que Boarding Card, Natasha apuntó al suelo donde yacía una caja de plástico con mis pertenencias esparcidas sobre la moqueta. Tuve que agacharme ante la multitud que miraba… qué humillante, a los pies de la gigántica bella glacial. Y puestos a confirmar y desmentir tópicos, sí, el avión llegó tarde. Lo suficiente para que no fuera dramático tanto a Moscú como a Barcelona. En la espera entre vuelos descubrí que unos españoles y chinos que iban a la ciudad condal habían perdido sus conexiones debido a los retrasos y se habían quedado en el aeropuerto del hotel dos días, ya que para salir de la zona restringida hay que tener un visado. No parecían precisamente contentos y se entestaron en conseguir asientos de Primera por las molestias justo en la puerta de embarque. Eso no ayudó a que el segundo vuelo saliera puntual… entre la indignación y la solidaridad de los demás pasajeros que estoicamente pensábamos que el avión no se iría sin nosotros. Veredicto: vuele con Aeroflot. Y coja un abrigo porque los rusos férreos no tienen miramientos en hacerte esperar en la pista durante largos minutos de frío abofeteador. Por el mismo precio, me llevé puesto el catarro.

Estambul es la parada perfecta entre Barcelona y Delhi. De hecho, es la parada perfecta entre Europa y Asia. No en vano la ciudad se asiente en el límite geográfico y espiritual de Europa.

Estambul goza de un bocado de todos aquellos países que me fascinan. Las coloridas mercancías de los zocos arabescos tienen un orden germánico en los puestecitos del Gran Bazar y las especias con sus precios exactos estan armónicamente dipuestas en el antiguo mercado de especias. La avenida Istiklal tiene el encanto y la vida de las Ramblas o el Portal del Angel de Barcelona, o de cualquiera de las grandes calles comerciales de Europa, pero los kebabs girando incesantes al candor de un pequeño fuego de gas nos traen immediatamente a Oriente Próximo. El Mediterráneo se inspira en el aire, el estruendo del tráfico marítimo incesante se une al oleaje y el ajetreo de locales y turistas por los únicos puentes que cruzan el Mare Nostrum. Para hacer justicia, el mar que baña Estambul es el Mar de Mármara, pero el cambio toponímico no nos aleja de ese Medietarráneo nuestro, el cielo azul, los colores intensos, el aroma de salazón en el aire y, como novedad, los minaretes apuntados de las mezquitas otomanas cubiertos por oscura pizarra.

El Bósforo, el Cuerno de Oro, Hagia Sofia, Topkapi… Estambul está llena de nombres de resonancias tan exóticas como sugerentes. Cada barrio suena familiar ya sea por por la historia, Sultanahmet, Çemberlitas, Pera (Beyoglu), o por el futbol, Fenerbaçe, Besiktas, Galatasaray. Turquía es en Estambul un lugar, cercano, conocido, europeo. Y luego está el mar. Siempre el mar.

En mi transición continental, que apenas duró día y medio evité tocar la orilla asiática, en una especie de resignación a mis raíces. Paseé por la Estambul europea sintiéndome dentro y fuera de casa, con la fascinación de quien descubre Oriente, pero siente que podría llegar a formar parte de esa sociedad ambigua, que vive a caballo de siglos de indefinición, de dos continentes, de varias culturas… La localización más fantástica para desarrollar la falaz división entre dos continentes, Europa y Asia, que nunca estuvieron separados más que por líneas imaginarias.

El aeropuerto en Nochevieja es literalmente un cementerio. Al menos el de Roma Fiumicino. Pensé que celebrar el fin de año en el avión era un memorable inicio de 2010, además de contener un elemento simbólico de transición entre dos vidas: Barcelona y Delhi. Sin embargo, las horas en Roma han sido bastante menos románticas de lo que cabe esperar, pues la ciudad está tomada por los turistas que abarrotan la Fontana de Trevi cual abejas en un panal. He caminado con rumbo hasta media tarde cuando he perdido el mapa y me he perdido como hacía tiempo que no me perdía. Perderse a veces es un placer, deambular observando pequeños detalles que sólo se desvelan a quien está atento… Pero perderse cuando se va a un lugar y no se encuentra, cuando se dan vueltas en círculo porque las indicaciones no cuadran, eso es algo así como angustioso. Del fracaso itinerario, se ha llegado al gastronómico. No he comido todo lo bien que Italia augura y además he cargado inútilmente con una chaqueta inútil a pesar de las cuatro gotas que han descargado al atardecer. Roma no ha sido ni acogedora, ni amable. Me ha parecido más bien altiva.

En el aeropuerto, descubierto que se me habían quedado 15 euros en la máquina del tren y con la promesa de recuperarlos ni más ni menos que en octubre (!), todo podría haberse maquillado, pero nadie esperaba trabajar esta noche. Los pasillos eran un desierto de tiendas lujosas con las persiana echadas. Los pocos trabajadores de los controles y los servicios parecían más desinteresados que de costumbre en trabajar y miraban insistentemente el reloj esperando una liberación pronta para reunirse con los suyos. Los que volamos, en cambio, parece que o cargamos con los nuestros a cuestas, caso de familias indias bien surtidas, o parece que no tengamos nuestros. Así pues, el avión ha sido, como de costumbre, una mezcla de emoción, incertidumbre y niños berreando. Nada especial en esta noche festiva, excepto un grupito de italianos que se han traído el champagne de la tienda del aeropuerto. Pero desde el aire, cruzar Italia a las 12 ha sido mágico, todos los pueblos chispeando con infinitos fuegos artificiales. El espectáculo ha durado unos cuantos minutos. Si los habitantes de esas pequeñas aldeas y ciudades de nombres desconocidos supieran qué espectáculo estaban ofreciendo a los espectadores celestes… A las 12, 12 uvas en secreto y una cuenta atrás ficticia. En tierra, mis nuestros lo celebraron sin mi un año más (y ya van dos).

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