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Hace 100 años que los británicos decidieron devolverle a Delhi la capitalidad de la India. ¿Cuando había dejado de serlo? ¿En 1857 o con el auge colonial en el Golfo de Bengala? No hay que olvidar que el subcontinente nunca tuvo una única entidad política y desde Vijayanagar a los marathas, pasando por los príncipes de Rajputana o los lejanos reyes de las tierras naga, todos tuvieron sus capitales, todos miraron de frente y le dieron la espalda a ese poder inexistente, ese ficticio centro del mundo. Y, sin embargo, maltrecha, Delhi luce hoy las huellas del paso del tiempo: la mella del último monzón casi al nivel del paso de los siglos, vagabundean los niños por las aceras altivas y los enamorados se enconden en tumbas mogoles.  ¿Acaso no ha sido Delhi, con todos sus nombre, la capital eterna de una India en perpetuo cambio?

A 2011 favourite, Hauz Khas Village 7.

 

La marca de moda francesa hace tiempo que ha llegado a Delhi, pero para mi sorpresa está en todos los rincones del mundo.

Mira a la calle complacido. Tal vez ni tan siquiera está pensando en los viandantes, en los compradores que entran al Central World de Bangkok, sino en vacaciones, en helados de vainilla al atardecer, en castillos de arena que luchan contra las olas, en historias de dragones y princesas. El centro comercial que fue destruído durante los altercados del pasado mayo funciona casi al 100%. “MUJI no ha abierto tienda todavía” nos informa la muchacha de información, como si el cierre de algunas marcas fuera casual. Un año después y el centro de Bangkok, tan vivo como siempre se renueva y nos da la bienvenida con una suave sonrisa y un poco de soñar despierto.

astrónomo francésLos pimeros expats que llegaron a la India, lo hacían con motivaciones mucho más exclusivas que aprender los intringulis del yoga o trabajar de directores de producción en alguna nueva planta deslocalizada. El otro día escuché la historia de un tal Guillaume Le Gentil, un hombre con mala suerte. Corría el siglo XVIII, la Ilustración y la aceleración de los avances científicos.  Le Gentil en su deseo de aportar al conocimiento humano,  quería medir el espacio entre la tierra y el sol. Aunque parezca extraño, un elemento vital para llevar a cabo esta tarea era medir el tránsito de Venus (el paso aparente de Venus por delante del sol) y resulta que este suceso astronómico, a la par que raro, solo puede ser observado desde lugares muy puntuales de la geografía terrestre.

El proyecto incorporó a más de cien astrónomos de todo el mundo. Pues ya véis, en el siglo XVIII un montón de acaudalados europeos se dedicaban a viajar por la geografía terrestre en busca del acontecimiento. Viajeros avant la lettre sin demasiado interés por los lugares que pisaban, pues sus ojos miraban al cielo. Le Gentil se dirigió a la India en 1761, con un año de antelación sobre la fecha esperada. Pero la época no era apta para viajeros con el tiempo justo y el noble francés llego bastante tarde al acontecimiento astronómico y tuvo que esperar al próximo: 8 años después.  (Sea dicho de paso, lo vió con día claro mientras navegaba entre Mauricio y la India, pero los movimientos del barco no le permitieron hacer las mediciones precisas).

Se volvió a Mauricio (en aquel momento la Île de France) y se dedicó a otras tareas científicas hasta que se aproximaba la fecha. Pensó en verlo desde Filipinas, pero en Manila le negaron el permiso. Así que volvió a Pondicherry, la colonia francesa en la India y montó un observatorio que le sirvió de bien poco. No pudo realizar las mediciones debido a las condiciones atmosféricas. Cuentan que el día era claro, pero justo antes del tránsito de Venus una gran nube se posó ante el sol durante tres horas y Le Gentil no vio nada de nada.

Al volver a Francia 11 años después, le habían dado por muerto, su mujer se había vuelto a casar, su fortuna estaba hecha trizas y le habían quitado su plaza en la Academia. Por suerte, y para terminar con buenas vibraciones esta historia, el Rey le devolvió su puesto en la Academia y se volvió a casar, así que imaginamos que fue todo lo feliz que se podía ser en aquellos tiempos.

Acaban de limpiar su casa y varias mujeres en Kumbakonam se disponen a diseñar un nuevo rangoli. Con un habilidad y precisión inusitadas, deslizan el polvo blanco por el hueco de un puño cerrado y, sin titubear, zigzaguean y puntúan iconos imposibles.

El arte del rangoli, dibujos de polvo o pétalos de flores  sobre el suelo, se extiende por toda la India rodeados de leyendas, mitos y simbologías religiosas. En esta población de Tamil Nadu, las mujeres de un barrio dedicado al hilado y tejido de la seda creaban simples patrones monocromos. A veces, complejas composiciones que recuerdan a mandalas tibetanos; sin duda, una elegante forma de dar la bienvenida.

En la región de Chetinaddu hay algo más que mansiones señoriales. En los márgenes de la carretera familias enteras se dedican al tostado del anacardo y lo venden a los pasantes, que son pocos, por estas tierras remotas. La escena comprende a tres generaciones de pieles acartonadas teñidas por el hollín que, impasibles, continúan con su tarea como en una cadena de montaje. No creo que esos anacardos vayan muy lejos, o sea, que las posibilidades de que se exporten son pocas, pero sé que algún día, comiendo anacardos por las calles de Barcelona, recordaré, cual madalena de Proust, ese instante por carreteras secundarias de Tamil Nadu.

Manifestación espontánea de soporte a Japón en Gulmohar Park. Por supuesto, nosotros también pusimos una vela.

A veces las geografías están cargadas de recuerdos. Un columpio donde te rompieron un diente, aquella playa donde sucedió el primer beso, un edificio que marcó durante años tu camino a la universidad. Espacios que sin quererlo entran en tu historia y cobran significados que guardamos como un tesoro y apenas compartimos.

Con el mundo como está, la dispersión de lugares simbólicamente cargados se distribuye de tal modo, que un día te encuentras trabajando en el sur de la India, cuando de repente aquella playa de la foto, recuerdos de unos amigos corriendo por la orilla y salpicándose, unos tejanos empapados y el frío de aquel viejo autobús donde el aire acondicionado creía en el dualismo ON/OFF.

Historias de un pasado que por más cercano no es menos evocador. Tiempos que no volverán. Arenas que bajo el cielo apesadumbrado de una tarde de febrero simplemente invitan a echar de menos.

1st floor, 53, Middle Lane, Khan Market · Khan Market, Delhi · +911145166060
S-09, 2nd floor, Select City Walk · Saket, Delhi · +911146545160 · www.mamagoto.in

Del Mamagoto me ha gustado todo, empazando por la página web. Pero vayamos al tema, porque sacarle partido al local donde estan en Select City Walk tiene mérito. La fachada son unas teles de vinilo que permiten ver el interior del restaurante por las pantallas. Dentro, todo está lleno de un colorismo manga bastante atrevido. Corona el espacio una Santa Cena de cómic japonés sin desperdicio.

Los camareros te traen el menú que parece un album de fotos o un carpesano del colegio de EGB. Sin embargo, lo que esconde es un verdadero esfuerzo por recoger la cocina panasiática que muchos otros restaurantes reclaman ofrecer. De lo que tomamos, no hay mucho que comentar. Estaba muy correcto y no engañaban a nadie. Si el Pato Pekín es pollo, y no pato, pues mejor que te avisen de antemano y así no te decepcionas. El curry estilo Penang era una delicia, y me quedé con las ganas de probar los noodles estilo estación de Chiang Mai (???), que era un khao soai de toda la vida (o al menos eso aparentava el descriptivo).

Agradable, cómodo, bueno y original. Me ha gustado mucho. Aunque el precio es un poco impactante… Esperad gastar entre 400 y 600 por persona, sin vino, sin postre y apenas sin agua mineral.

Leo en un libro, que no podré dejar de recomendar al final, que la etimología de la palabra posh, pijo en inglés, tiene una estrecha relación con la India y no puedo menos que compartirlo. Al parecer, POSH era el acrónimo que recordaba los mejores camarotes para las largas travesías marítimas desde los puertos ingleses a la colonia. Port Out, Stardboard Home, o sea, babor a la ida, estribor a la vuelta. Se suma, pues, posh al breve elenco de palabras relacionados con el subcontinente en las lenguas europeas. La otra ampliamente utilizada es champú del imperativo en hindi de “dar un masaje en la cabeza” (चाँपना).

Sigo buscando…

J. Barnes, El perfeccionista en la cocina, Anagrama.

2008-2010

Doblador de emperadores
Profesor de lenguas muertas
Repetidor de gramáticas
Solucionador de entuertos
Promotor de hoteles orgánicos y de Taiwán entre otros
Corrector de exámenes desastrosos
Vigilante de saunas finlandesas convertidas en aulas universitarias
Intérprete de maternidades deseadas
Escritor a ratos
Descubridor de Occidente en pueblos sin badulaques
Guía de bienintencionados turistas solidarios
Saco de boxeo de quejas varias
Viajero poco profesional
Negociador de precios
Actor de tragedias
Inventor de excusas
Cocinero de recetas importadas
Sonreidor
Cargador de paciencia y repartidor de ira

Simplemente sarcástico.

Alguna vez he hablado de la adorable aldea de Kesarpur. Un camino flanqueado de cúpulas de color amarillo pastel, conducen por una llanura inundada durante el monzón a una aldea vibrante de actividad a cualquier hora del día. Los niños nos siguen, las mujeres miran desde una distancia prudente la desfilada de extrañas extranjeras que pasean tan curiosas como objeto de curiosidad y los hombres se arremolinan alrededor del guía para mantener una desenfadada charla. Hoy, el guión se sale de madre y acabo respondiendo la duración del coito en Europa. Uno de los hombres, para elevar el tono del intercambio, me preguntó si los europeos solo duraban treinta minutos en la cama, como se veía en las películas. Según él, un indio duraba una hora. Creo que no le satisfizo mi respuesta de que los hay que duran quince minutos y los hay que dos horas, y que seguro que la hora india era IST (Indian Standard Time). Ha sido, por una vez, un pequeño aprieto inesperado en esta rutina de relación social típica y tópica del descubridor y el descubierto donde ambos somos sujeto y objeto del mismo estudio.

Como en un festival cíclico que recuerda el paso del tiempo y renueva las promesas con el cordón umbilical que nos ata al mundo, he vuelto a emprender el viaje de Setem que me lleva a lugares remotos de la India. En la primera estación he encontrado caras familiares que me reconocían y otras muchas que me olvidaron, he visto la evolución de aldeas perdidas. Sus casas recién pintadas de amarillo, el cobertizo para el templo que durante décadas estuvo a la intemperie, unas pocas bombillas en algunas casuchas. El cambio me turba en una época que preveía de compromiso con lo intangible, lo imperecedero, lo immutable.

Vuelves y vuelves a Old Delhi y nunca dejas de sorprenderte. Un puesto callejero, una tienda de antigüedades escondida, un bocadillo de mango y paneer o un graffiti al fondo de una callejuela.

Una mujer con glamour siempre lleva el modelo adecuado para cada evento. La falda Taj Mahal es el último grito en Holanda al visitar el monumento del amor.

Te levantas con el monzón y piensas en ir al cine, para huir del bochorno o de las impronosticables trombas de agua. Eliges un título casi al azar de las películas que exhiben en un cine de un centro comercial. Hoy tienes suerte, una romántica americana… En Delhi es extraño ver algo en inglés que no sea una romántica americana o una de acción americana. Coges el autorickshaw que tras la subida tarifaria te pone el taxímetro, sin luchas. Milagrosamente vas a llegar a tiempo. Parece el día perfecto hasta que se pone a llover a cántaros. La distancia que te separa de los porches del centro comercial es pequeña y echas a correr calándote, un guardia de seguridad te impide ponerte bajo los porches más cercanos indicando un cartel donde está escrito MALL ENTRY –> Claudicas a la estupidez del maltrato al cliente y pasas por la entrada preestablecida, chorreando, empapado. Tras el control, otro guardia mindundi te señala que debes secarte los pies si quieres entrar. Tal vez si el otro guardia mindundi te hubiera permitido resguardarte de la lluvia, no hubieras llegado en esas condiciones, pero ¿cómo le vas a hacer entender? Con los pies más o menos secos y la dignidad por los suelos, entras al mall donde montones de hormigas se retuercen, claramente debido a algun veneno, y unos cuantos empleados de la limpieza las amontonan en circulos puntillistas. Una escena repugnante en uno de los centros comerciales de más lujo de la ciudad.

Tienes la entrada y subes las escaleras mecánicas. Ya en las dependencias del cine, te dispones a comprar palomitas. Quieres una cola light y unas palomitas pequeñas, pero el encargado de vendértelas se empeña en poner en práctica sus técnicas de marketing. Dice que con las grandes ahorras. Pero, tú no quieres las grandes porque no vas a terminártelas y lo sabes. Se lo indicas, pero él insiste en el gran ahorro. Cuando malhumorado, insistes en las pequeñas, te ofrece chocolatinas de marcas varias. No, gracias. ¿ Unos nachos? No, gracias. ¿Una porción de pizza? No, gracias. ¿ Un hot dog? No, sólo unas palomitas. Entonces el empleado incauto o irreverente apunta “Foreigners love it”. ¿El qué? “The hot dog, sir. Foreigners love it.”. Te entran ganas de decirle “Estúpido, el hot dog tiene carne de cerdo y no esa insulsa salchicha de pollo hervido”. Pero te controlas y la sugieres que te de tu cola light y tus palomitas y basta. Él no pierde su sonrisa y tu no le has aporreado, así que vuelves a comerte una dosis de frustración y entras en la sala. Se apagan las luces y por un rato, la paz. Hasta que en el intermedio (porque las pelis de 90 minutos también tienen intermedios), viene otro camarero a insistirte que adquieras comida basura muy por encima del precio de mercado. Los ojos se salen de sus órbitas. No, gracias.

Solo faltaba que la película terminara mal, como así fue. Resumen de como estropear un bonito día de monzón en Delhi.

Cada vez que me voy, siento que no volveré, aún sabiendo que tengo un vuelo de regreso para el 1 de julio. De nuevo, mira la luna llena de Buddha Purnima y parece la última.

Venimos buscando autenticidad, huir de los circuitos, de los objetivos del turisteo y, a menudo, esa huída esta a la vuelta de la esquina. Al final de Chandni Chowk, esta mezquita mogol es el paradigma de la calma, mientra afuera, las paradas de especias inundan el mercado de olores estridentes.

Basada en la obra homónima, esta película bengalí de Aparna Sen apunta a ser lo mejor del año en el panorama cinematográfico de Delhi. ¿Quién no ha tenido un amigo postal? Así empieca esta historia. Una japonesa y un bengalí empiezan a cartearse en inglés. Superando los problemas lingüísticos entablan una relación que les llevará hasta el matrimonio, también postal. Las circunstancias (pobreza, enfermedad…) obligan a posponer el encuentro del matrimonio que ve pasar los años, sin titubear en su empeño de escribir y de ser amados. En algunos momentos algo naif, lo cierto es que esta historia conjuga todos los géneros. La trama tiene toques épicos, mezcla drama con humor benévolo y todo ello bañado por los planos de los Sunderbans; poesía ensimismada.

A veces solo sabes que quieres huír de Delhi…

1. Substituya la palabra China por India y Pekín por Delhi y comente el texto.

Algunos países actúan como una droga. Es el caso de China, que tiene el sorprendente poder de convertir en pretenciosos a todos aquellos que han estado allí, incluso a todos aquellos que hablan de ella.

La pretensión induce a escribir. De ahí la ingente cantidad de libros sobre China. A imagen y semejanza del país que los ha inspirado, esas obras son lo mejor (Leys, Segalen, Claudel) o lo peor.

Yo no fui la excepción a la regla.

China me había convertido en un ser tremendamente pretencioso.

Nada permite tanto dárselas de algo como decir: “Acabo de llegar de China”. Y todavía hoy, cuando intuyo que alguien no me admira lo suficiente, recurro a un “cuando vivía en Pekín”, pronunciado como quien no quiere la cosa y en un tono de voz indiferente.

Es una especificidad real, ya que, después de todo, también podría decir “cuando vivía en Laos” que resultaría mucho más excepcional. Pero no tiene tanto glamour. China es lo clásico, lo incondicional, es Chanel nº 5.

[Amelie Nothomb, El sabotaje amoroso]

Nada que comentar. No puedo estar más de acuerdo.

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