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Es extraño pero la mayoría que llega a Delhicatessen, está buscando información sobre el Taj Mahal de noche. Por si acaso, sóis de los que quieren saber como entrar al mayor monumento al amor en las noches de luna llena, ahí va el enlace a la página oficial del ASI (Archeological Survey of India).

Imatge

A pesar de que las fechas no estan actualizadas, probablemente el sistema siga funcionando el día que os decidáis a visitarlo. El precio es de 750 rupias para extranjeros y solo se permite la entrada en grupos de 50 personas desde las 8.30 hasta las 12.30. Se dspone de treinta minutos para pasearse por los jardines solitarios. Es imprescindible una reserva.

astrónomo francésLos pimeros expats que llegaron a la India, lo hacían con motivaciones mucho más exclusivas que aprender los intringulis del yoga o trabajar de directores de producción en alguna nueva planta deslocalizada. El otro día escuché la historia de un tal Guillaume Le Gentil, un hombre con mala suerte. Corría el siglo XVIII, la Ilustración y la aceleración de los avances científicos.  Le Gentil en su deseo de aportar al conocimiento humano,  quería medir el espacio entre la tierra y el sol. Aunque parezca extraño, un elemento vital para llevar a cabo esta tarea era medir el tránsito de Venus (el paso aparente de Venus por delante del sol) y resulta que este suceso astronómico, a la par que raro, solo puede ser observado desde lugares muy puntuales de la geografía terrestre.

El proyecto incorporó a más de cien astrónomos de todo el mundo. Pues ya véis, en el siglo XVIII un montón de acaudalados europeos se dedicaban a viajar por la geografía terrestre en busca del acontecimiento. Viajeros avant la lettre sin demasiado interés por los lugares que pisaban, pues sus ojos miraban al cielo. Le Gentil se dirigió a la India en 1761, con un año de antelación sobre la fecha esperada. Pero la época no era apta para viajeros con el tiempo justo y el noble francés llego bastante tarde al acontecimiento astronómico y tuvo que esperar al próximo: 8 años después.  (Sea dicho de paso, lo vió con día claro mientras navegaba entre Mauricio y la India, pero los movimientos del barco no le permitieron hacer las mediciones precisas).

Se volvió a Mauricio (en aquel momento la Île de France) y se dedicó a otras tareas científicas hasta que se aproximaba la fecha. Pensó en verlo desde Filipinas, pero en Manila le negaron el permiso. Así que volvió a Pondicherry, la colonia francesa en la India y montó un observatorio que le sirvió de bien poco. No pudo realizar las mediciones debido a las condiciones atmosféricas. Cuentan que el día era claro, pero justo antes del tránsito de Venus una gran nube se posó ante el sol durante tres horas y Le Gentil no vio nada de nada.

Al volver a Francia 11 años después, le habían dado por muerto, su mujer se había vuelto a casar, su fortuna estaba hecha trizas y le habían quitado su plaza en la Academia. Por suerte, y para terminar con buenas vibraciones esta historia, el Rey le devolvió su puesto en la Academia y se volvió a casar, así que imaginamos que fue todo lo feliz que se podía ser en aquellos tiempos.

Siempre parece que va a ser el último holi y siempre repetimos. ¡Año tras año con el mismo espíritu!

Cuando leí el cuento de Cortázar “Pérdida y recuperación de pelo” nunca imaginé que las cotas de surrealismo de su búsqueda podrían alcanzar al que ahora escribe. Desde luego, perder una maleta en los días que corren es un acontecimiento usual que muchos podremos haber compartido. Sin embargo, ahí va mi historia.

Como de costumbre Barcelona – ciudad – Delhi. Esta vez elijo Viena porque Austrian Airlines, además de unas tarifas interesantes, me permite pasar una noche en Viena y visitar a una vieja amiga. No soy muy dado a volar con líneas germanófonas porque me confunden enseguida con un alemán e inexplicablemente eso me molesta. No es que yo tenga nada contra los alemanes, sinó más bien que me resulta imposible verbalizar en inglés, I don’t understand German, en la cabina de un avión, donde me pongo extrañamente tenso. En el aeropuerto de El Prat me atiende un chico de empresa subcontratada que pone una etiqueta a mi equipaje con destino Ljubljana, Eslovenia. Lo detecto un poco tarde, pero vuelvo al mostrador y le ruego que cambie la etiqueta. El me dice que probablemente habrá puesto la etiqueta correcta en mi maleta y errónea en mi tarjeta de embarque (sí, claro). Le pido que lo confirme y me dice que se hará cargo personalmente. Atención porque mi maleta es verde caqui. Hay que temerse lo peor, pero en la puerta de embarque, el tipo alza el pulgar y me sonríe como diciendo TODO OK!

Vuelo a Viena, paso la noche y vuelvo al aeropuerto destino Delhi. El vuelo no se hace especialmente largo y aterrizamos a la hora prevista. Después de esperar estoicamente mi maleta, pierdo la esperanza y me dirijo al responsable de Austrian. Está atendiendo a un pobre chico cuya maleta sí ha llegado, aunque completamente vacía. Entre llamadas de atención y alguna amenaza, consigo empezar a rellenar el formulario, y advierto al personal que mi maleta debe de estar en Ljubljana, Eslovenia. Por supuesto, la mayoría de ellos no sabe donde está Eslovenia, pero lo paso por alto ya que lo que importa es la recuperación de la maleta. Finalmente, conseguimos captar la atención del manager que con cierta calma nos cuenta que Austrian nos devolverá la maleta y que podemos gastar 100 dólares para básicos en estos días que pasaremos repitiendo mudas.

El seguimiento telefónico es bastante correcto, a los dos días aparece mi maleta en Ljubljana. A los tres, llega a Delhi, pero al cuarto me toca ir al aeropuerto porque aduanas no deja pasar mi equipaje. Y volver al lugar del crímen es como dormirse sabiendo que vas a tener pesadillas. Me piden que llame 20 minutos antes de llegar al aeropuerto para esperarme en la puerta 5. Por supuesto en dicha puerta no hay nadie, llamo y, oh sorpresa, it’s coming. Diez minutos, llamo, it’s coming. Diez minutos más, llamo, it’s coming. Diez minutos, llamo y, oh, está en Departures en lugar de Arrival. Mea culpa, no pregunté donde debía ir, pero si la maleta estaba en Arrival, lo normal es que compareciera en Arrival, no? Media hora de papeleo para entrar al aeropuerto, otra media para sacar la maleta del depósito.

Cuando uno ya tiene su maleta y se alegra porque está intacta, no ha terminado su Via Crucis. En aduanas, el representante de la compañía se corta con el elástico de la etiqueta de mi equipaje y para sorpresa de los extranjeros presentes y manifestación surrealista sin parangón en pleno siglo XXI, el encargado de aduanas abre un paquete de tabaco, quita el papelito metálico que cubre los cigarrillos y le dice. “Use this, it has antibiotic”. Y se puso el papel del tabaco cual tirita sobre la herido, que todo sea dicho de paso no dejó de sangrar en la siguiente media hora, con antibiótico incluido. Finalmente, y después de una sumisa aceptación de que mis ropas para 4 meses eran demasiado caras (en India, según el oficial de aduanas, solo se puede entrar con 8000 rupias en ropa, algo así como 130 euros!). Defícil  de explicarle que un traje en España puede costar más de eso. ¡Aduanas superadas!

Con mi maleta salgo del aeropuerto y me dispongo a finiquitar la última cuenta pendiente: los 100 dólares. Traigo mi tíquet del Zara, tienda donde yo nunca compraría, pero ya que paga Austrian me doy el gusto de un par de cosas necesarias y un par de capricho. Primero me piden que lo mande por correo a las oficinas del aeropuerto. ¿Pero si ya estoy en el aeropuerto? Después de diversas quejas con el representante de la compañía, desangrándose por momentos, me pasan al teléfono a un supervisor que me dice que debo mandarlo por correo y que ellos lo mandarán a Austria para verificar y me devolveran algun día un cheque a mi casa. Pero claro, visto el retraso y los errores con mi maleta, cualquiera pone de por medio a Indian Post y demás agentes del correo internacional. Le pido entregar mi tíquet y mis datos bancarios allí mismo. Me dice que no. Insisto y se produce otro brote de surrelismo. I have the bill of my clothes, grito y al otro lado del teléfono me responden “I can’t accept your clothes, sir”. “I said I have the bill of my clothes”. “Sorry, sir, but we can’t accept your clothes”. “I am wearing my clothes” respondo irado, “and I am not going to give them to you. I want to give you the bill”. A lo que sigue una tácita aceptación de la situación, un compás de espera de treinta minutos y el dinero en metálico de mis compras en un sobre, entregado por el ya moribundo Sr. Neeraj, que había dejado de lado su tirita de nicotina y se disponía a pedir la baja por larga enfermedad.

Volví a casa con todo: mi ropa del Zara, mi maleta y mi dinero en metálico. Tres horas bien invertidas.

The end.

Recuerdos de 2006, con una canción que sonó mucho y una película que pintó a Delhi un poco más romántica.

No tiene desperdicio este autorickshaw tuneado que ronda la zona de BHU de Varanasi.

pyaar ke sath

 

de frente

 

el conductor

El otro día me referí a una francesa que había violado mi espacio vital mientras me preguntaba repetidamente por el mercado immobiliario en Barcelona. Bueno, pues para hacer justicia a los franceses voy a contar lo que pasó ayer en el departamente, que deja a los españoles “dettached” en el lugar que se merecen.

Estaba yo discutiendo con el Sr. Kidwai, el secretario del centro, para que me pusiera un toner nuevo en la impresora, porque necesitaba unas impresiones para mi clase, cuando un hombre cadavérico entro por la puerta. Hablaba muy deprisa, pero entrecortado. Me recordaba a un tipo que hace cosas increibles en la televisión en España y que ahora no me viene a la cabeza, pero con 30 kilos más. El Sr. Kidwai que apenas entiende el inglés, se quedó perplejo. El hombre vomitaba literalmente palabras sin sentido en inglés, lo que hacía la comunicación imposible, excepto cuando dijo I need somebody in Spanish. Y ahí se giró el Sr.Kidwai y su ayudante hacia mi que estaba frente a la pantalla del ordenador. No tuve más escapatoria que aguantar el chaparrón del tipo, de cuyo nombre no quiero acordarme, pero que me dejó 6 páginas sobre su vida, que resumiré en breve, porque seguro que no tienen desperdicio.

¡Según él, atención, sólo se alimentaba de zumos! Primer dato escalofriante, ¿no? Era experto en nutrición y quería dar charlas en la universidad, cobrando, supongo… ¿Por qué? Pues resulta que él había visto que en 25 años habría un cataclismo alimenticio y él se sentía en la obligación de educar al mundo sobre el tema ya que era experto en nutrición y había trabajado con un médico de la NASA (él utilizó el verbo he seguido, lo cual podría dar la idea de que lo ha seguido por la calle).

Y en este siglo las potencias serían Estados Unidos, China y la India, y como su inglés era muy pobre había decidido expandir la buena nueve sólo en China y la India, donde ya se sabe que el español es ámpliamente conocido, vaya lengua franca… A parte de otras tantas chorradas, me insistió de una manera un poco delirante sobre si en la cantina preparaban alguna bebida india como el zumo de naranja y zanahorias, lo más indio que te puedes echar a la cara. Y cuando le dije que no, al hombre no le pareció bien mi respuesta e insistió que entonces qué bebían. Pues agua y te o café… pero el quería un zumo. Estaba claro que me estaba pidiendo el menú de bebidas de la cantina porque como él no podía tomar ningún alimento sólido, ya debía verse falto de nutrientes. Lo siguiente fue comentar que no tenía dinero y que unos españoles le habían dado 100 rupias cada uno el día anterior, con lo que calculo que se podría haber tomado de 6 a 10 zumos durmiendo bajo un puente, por supuesto. Asentí ante tal muestra de generosidad patria, pero no le solté ni una rupia, pero lo indiqué con mucho gusto el camino más fácil para irse de Jamia, el autobús 507.

Los últimos coletazos del personaje fueron geniales. Me preguntó si la universidad daba alojamiento gratuito a investigadores de talla mundial, como él. Me explicó que tenía un problema en la pierna, o sea que era medio cojo. Me informó que la cantina de DU (según él la única cantina de DU) era asquerosa. Y afirmó que ahora iba a IIT (Indian Institute of Technology) a explicar su proyecto. Todo ello con unos ojos pérdidos en la nada, un rostro enjuto y una calva reluciente.

Está claro que el vegetarianismo es una opción que no me atrae, pero el zumismo parece tener graves perjuicios para la salud física y mental.

Entras a una tienda después de leer con dificultad el cartel de la entrada. En hindi está escrito tienda de charpoy (camas de cuerdas y bambú típicas de Punjab y, en general, del norte de la India). En el hueco que sirve de tienda hay largos palos de bambú, trozos de madera para las patas y metros y metros de distintos tipos de cuerda. Todo indica que has encontrado el lugar donde te harán el deseado charpoy (léase charpai)  para tu terraza. Preguntas al propietario que te mira extrañado porque un guiri entra a su tienda. El hombre con una indiferencia supina niega que en su tienda se elaboren este tipo de muebles y te indica una tienda que  nunca encuentras. A la vuelta de sus indicaciones, miras con languidez el cartel y confirmas que está escrito en devanagari “charpoy”. ¡Bien clarito!

En Delhi, hay que tener una buena red de contactos. Al parecer no me está constando mucho conseguir algunos excelentes, que me hacen quedar como un maharajá de la vida social, cuando apenas salgo fuera de los límites de Jamia. El otro día me visitó la lectora de Varanasi con dos amigas recién llegadas de Madrid y Salamanca. El deseo de la primera era ver la India más moderna, donde los jóvenes van con ropa “normal” y hacen lo que los jóvens en España o en cualquier otra gran ciudad del mundo. Salen, bailan, bebes, se besan… Pues se lo serví en bandeja, con un poco más de lo que ella podái esperar. Tras menear el esqueleto en PnP, el DJ se acercó a mi tras la sesión y me ofreció ir a una post party en NFC, New Friends Colony. La fiesta era una copia exacta de su sesión en la discoteca. Una mezcla de éxitos hindi y americanos, con un montón de jovenes de clase media alta, tirados por las habitaciones, de pie sobre el sofá de piel blanca, bailando en el comedor decorado muy estilosamente con unas Venus de Milo sobre el suelo cubierto de restos de cerveza. Unos sirvientes iban preparando cosas para picar hasta las 4 o 5 de la noche, mientras los ilustres invitados se entretenían en copar su sed de alcohol e intentaban ligar un poco por allí un poco por allá. Y así estuvimos un buen rato bailando, charlando con este y con aquel, bebiendo algo y pensando que la India, a veces te puede sorprender tanto que ni el Incredible India da para expresarlo.

El final de la fiesta fue algo más sórdido, con un tipo pidiendome que intercediera para tirarse a una de las tres españolas, la mitad de la población alcoholizada hasta no poder decir biblioteca, los sirvientes de la casa limpiando el desastre que habíamos dejados los participantes en la fiesta y el DJ ofreciéndose a llevarnos a casa con una de las chicas tiradas sobre nosotros, apretujados en un cochecito casi de juguete. Too much!

Que me quería cambiar de casa era un secreto a voces. Si Bhagwan Nagar apuntaba a posh colony fue antes de descubrir que el tren pasaba a unos pocos metros de mi casa y que la bocina se dejaba oír a horas intempestivas de la noche. Era antes de descubrir que lo que el propietario entendía por estar casi terminada, era para mi vivir en medio de un edificio en ruinas (sin barandillas, sin escaleras, sin ventiladores, sin agua caliente…). Cansado de vivir entre las obras y el estruendo regular del tren decidí dar un paso atrás y buscar un nuevo lugar, o tal vez volver a la guest house.

Entre los muchos malentendidos que se producen en un día corriente en la India, el de la guest house me ha causado alguna que otra molestia extraordinaria.. Me debían dar la habitación el lunes pasado, pero a viernes todavía no estoy allí, así que presionado por las circunstancias, he abandonado mi exhogar para irme a casa de un amigo en South Extension part II, una zona un poco más posh. Pero para no dejar de divertirme con la búsqueda de casa, me paso algunas horas buscan una habitación para los meses que me quedan, para tener cierta intimidad y libertad de movimientos, que en la Nehru Guest House no tendré.

Así que ni corto ni perezoso, después de clase hoy me he ido a ver algunos hogares potenciales. El primero, elegido por una alumna bondadosa, estaba a pocos metros de la orilla del Yamuna, el río petrolífero que cruza Delhi. La casa, claro está, en construcción, estaba envuelta en una nube de mosquitos debido a la proximidad de las aguas putrefactas del río. La casa, bien barata, tenía muchos mosquitos, tantos que hasta la dueña nos ha pedido que entraramos corriendo para no permitir a los intrépidos insectos la conquista del territorio. Ni todo el All Out, líquido antimosquitos, del mundo dejaría esas casas libres de picadas.

Luego me he dejado llevar por property dealers de aquí para allá. Una casa pegada a una mezquita (literalmente pegada). Después de comentar que uno de mis problemas era el ruido y de que el cabecilla de los property dealers me repitiera que quería un noise-free place, me ha llevado a Ashram, a un cuchitril indecente y a una especie de… no tengo palabras de habitación. Todo ello guiado por un hombrecillo que no hablaba ni una palabra de inglés, que me ha confundido con un kashmiri y que llevaba tres móviles con los que podía mantener conversaciones paralelas. Un prodigio vaya… Para terminar llevandome a una casa justo enfrente de las vías del tren, el mismo que me hizo dejar la casa de Bhagwan Nagar. Desde luego, para que digan que el tiempo no es circular.

La India es incredible porque te pueden pasar mil cosas que siempre van más allá de tus expectativas. Después de comer en una dhaba de Nizzamudin, nos dirigimos a un restaurante más mono a tomar un postre y el camarero apunta a una mesa donde se sienta el indio más gay que hay en la faz de la tierra. El tipo está comiendo con la mano su biryani de una forma bastante asquerosa, mientras sujeta con la izquierda un naan enorme. Nada más sentarnos se disculpa por comer con las manos y comenta que lo está haciendo para hacer como los locales. Lo cierto es que los musulmanes de Delhi no comen demasiado a menudo el arroz con las manos, en Bihar sí, en Delhi no.

Entonces Silvia apuntó que si quería comer como los locales, no debería sostener con la izquierda el pan, porque la izquierda era una mano impura y ante el asombro del indio más gay de la faz de la tierra con el acento más británico que la Reina Isabel II, le contó que con la izquierda se limpian el culo…

El resto de la conversación siguió a este nivel de surrealismo. Resulta que el chico nació en la India, era más gay que nadie en la faz de la tierra, pero eso lo supo después de que sus padres se mudaran a Irlanda, no Inglaterra. Por eso el acento… Ahora había decidido venirse a vivir aquí, para siempre, o al menos indefinidamente. Me recordó la historia de una amiga medio japonesa medio española (aunque ella es muy hetero), que está haciendo sus pinitos por Tokyo. Y allí estuvimos los dos españolitos hablándole de nuestras experiencias porque ambos teníamos más experiencia india que él (aunque no hablábamos ese hindi con acento británico que él hablaba). Y terminamos intercambiando números y deseando lo mejor para los días venideros.

En una semana se celebra el Día de la República y ya se ven los efectos de la obsesión por la seguridad del Gobierno indio. Cuando he cogido el autobús hacia la parada de metro de Indraprashta no me imaginaba que las medidas incluirían cortar la Ring Road, la principal vía de circumvalación de Delhi, obligandonos a cruzar el río Yamuna y a rodear de una forma irracional buena parte de la ciudad. Así que por los caprichos del destino me veo sentado en la ISBT, tomando un café del McDonalds, en lugar de en algún restaurante de CP trabajando un poco.

No digo que la obsesión por la seguridad no esté justificada en un país que viene sufriendo atentados bastante vistosos desde hace algunos meses. Pero, cuando uno entra a la estación de metro de Kashmiri Gate y se encuentra con una ametralladora apuntándole tras una montaña de sacos de arena, manejada por un soldado entrañablemente escondido tras los sacos, que llena su boca de aire, pone morritos y lo suelta ruidosamente como si fueran peditos, lo cierto es que el espectador no se siente ciertamente más protegido.

Ayer de vuelta a casa de mi arduo día de traducción en Barista presencié un atropello sin escándalo. Parece increible que en una ciudad donde el ruido reina por doquier, algo tan dramático pueda pasar con esta calma.

Una chica novata intentaba girar a la izquierda en una calle cualquiera cerca de Maharani Bagh. Ningún animal a la vista, ningún obstáculo imprevisto… simplemente la curva, con su curvatura. Pero la chica no consiguió girar lo suficiente el volante, provocando que un giro de 90º se convirtiera en uno de 140º aproximadamente, arrolando al vendedor de frutos secos y a su carrito y estrunjando entre medio de los cacahuetes y el parachoques a un pobre viandante que se escabulló como pudo para salir cogeando hacia un lado de la calle. La escena habría podido ser dramática, pues en la esquina un viejecito con su silla de ruedas esperaba caridad de los vecinos. Pero el anciano se salvó de milagro del atropello.

Hasta aquí, relato algo peculiar, pero universal de  lo que podría ser el típico atropello de novata a viandante, con algo exótico por medio: el anciano en silla de ruedas pidiendo, el carrito de cacahuetes tostados, etc etc etc. Pero lo mejor es que después de todo, el único que alzó la voz y con razón para quejarse de lo ocurrido fue el bebé que iba sentado sobre su padre, sin cinturón, en el asiento delantero. Los vecinos se bolcarón a ver qué pasaba, la conductora salió silenciosa, el fruitvalla salió del amasijo de chatarra y el montón de cacahuetes por suelo, lo puso en pie y recogió la mercancía. El chico directamente atropellado se mantuvo a un lado en silencio. Nadie gritó, nadie recriminó nada y no sé si hicieron parte amistoso…

Preferí no seguir mirando.

Me voy de Delhi sin mucha melancolía. La ciudad está tomada por la niebla y la contaminación, por las noches refresca. Mi nuevo piso en Bhagwan Nagar está casi vacío y el edificio medio en construcción. Hoy, subido en un taxi privado de esos que hay desde hace poco más de un año, veía pasar la ciudad que quiere ser una World Class City. Desde luego, vista hace 6 años y vista ahora, Delhi ha cambiado una barbaridad. Es cierto que todavía se convierten dos carriles en tres o cuatro según la proximidad que decidan arriesgar los vehículos que pueblan las avenidas y carreteras de la ciudad. Delhi es un gran atasco, el mayor atasco nunca visto. No hay un solo rincón de la ciudad que se salve de los contundentes sonidos de los pitos de coches, autorickshaws y camiones. Sin embargo, los autobuses se llevan la palma. La contaminación que debía recortarse gracias a las medidas que obligaron a todo el transporte público a usar CNG, un gas menos contaminante que la gasolina, a menudo adulterada, llevaron a una mejora notable de los niveles de aire, que con la oleada de riqueza han sido vapuleados por el auge del coche privado. A muchos delhitas les va bien en la vida y se nota. Casas de fachadas ostentosas y guardias privados en la puerta nacen aquí y allí, la ciudad entera es un bosque en construcción. Invertir en ladrillo es la consigna, invertir en tierra es la alternativa. La elevada inflación no deja mucho hueco a los ahorradores que ven como el banco nunca les da suficiente para que su capital no pierda valor año tras año.

Pero volvamos a la ciudad. Aquí y allí se ven obras que uno no sabe si se estan llevando a cabo por los Juegos de la Commonwealth del 2010 o porque de verdad se ha decidido convertir esta ciudad en algo parecido a una World City. El metro se está construyendo a pasos agigantados, sobretodo si lo comparamos con la lentitud de la línea 9 de Barcelona. Pronto habrá un tren expreso al aeropuerto, que por cierto brilla con luz propia en el interior (luego salimos de las terminales y nos encontramos con la verdadera Delhi, la polvorienta, la ruidosa, la amable y la desagradable, todo en una). Un par de centros comerciales se jactan de vender las mejores marcas europeas y americanas, mientras diseminados por los principales mercados crecen como setas en otoño cafeterías de Barista, Café Coffee Day, Costa Café y cadenas de comida rápida americana o india a imitación de la americana. Las cosas pasan muy deprisa en esta Delhi, que en el día a día parece tomarse su tiempo. Si hace 4 años Nirula’s era la quintaesencia del fast food indio que triunfaba con sus helados, comida india y continental, ahora parece haber caído en una decadencia absoluta y sus locales están apenas ocupados. Nuevos negocios nacen y mueren cada día en la capital india con una velocidad propia de una ciudad floreciente. Con todo, por las calles siguen durmiendo cientos, miles, cientos de miles tal vez de mendigos, obreros, rickshawalas, conductores de autorickshaw, familias enteras… En la soledad y el falso silencio de las frías noches de invierno en Delhi, mucha gente se enrolla una manta y se tira sobre las aceras, las más altas del mundo según mi observación, experiencia y conocimiento. Las más polvorientas, tal vez. Mientras South Ex brilla, el nuevo Citywalk mall deslumbra, mientras se construyen parques de atracciones, se limpia la cara de los principales monumentos y se organiza el tráfico con enormes viaductos sobre la Ring Road, Delhi también toma en cuenta a sus desheredados. Este invierno habrá albergues para cientos de miles de personas por un precio minúsculo en diciembre y gratuitos en enero y febrero. No será suficiente para erradicar a la multitud que duerme en las calles, pero al menos alguien toma en cuenta que una ciudad global tiene que encontrar soluciones para todo tipo de problemas, no sólo para los que afectan a la clase media.

Me voy de Delhi sin melancolía. Voy a volver y, esta vez, voy a llegar a tiempo, preparado para lo que venga.

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