Archivos para Old Delhi
Jalebi Wala
Dariba Kalan · Old Delhi, Delhi
No hay que buscar demasiado. En la esquina de Dariba Kalan con Chandni Chowk, bajo un letrero que anuncia que son la tienda de jalebis más antigua y famosa de la ciudad, se esconden bajo un paño de algodón probablemente los mejores jalebis de la ciudad. La parada se compone de un gran karai para freír, una zona dedicada a las samosas y la esquina enteramente dedicada al jalebi. Poco más de tres metros de fachada y tres o cuatro trabajadores. Segun nos han contado la receta es secreta, la traen los propietarios en dos turnos de mañana y tarde, y en el puesto se terminan y se fríen. Es un espectáculo en sí mismo ver chisporrotear la masa blanquecina, tomando tonos anaranjados, retorciéndose en espiral. Y a pesar de no ser nada amante de esta fritanga almibarada que acostumbra a dejarte más empalago que placer, debo decir que tenía el punto justo de ghee y de dulce para que un solo jalebi no fuera suficiente.
Kheera para el body
Con el calor sofocante conquistando las horas centrales del día en Delhi, los vendedores de kheera hacen su agosto (en abril). Por aquí y por allá, hombres y mujeres sostienen pepinos de diversos tipos y tamaños abiertos por la mitad y aliñados con una pizca de sal. Los paseantos los saborean y los mordisquean bajo el sol abrasador y pasan así un poco mejor la canícula de otro día de verano en la ciudad.
Disfrazarse en Delhi
No es poco cierto que algunos extranjeros vamos medio disfrazados por Delhi. Lo digo por mi y tantos otros que de tanto en cuanto nos enrollamos una manta a la cabeza y vamos de pseudohippies a dar clases enfrente de chicos con camisa y pantalones de pinzas. Pero al final, el vestuario es algo con que tapar el cuerpo y que debe hacernos sentir cómodos con nosotros mismos y dada la libertad de cátedra, me atribuyo la libertad de vestuario, excepto en algunas ocasiones que requieren su debida etiqueta.
Pero hablemos de disfraces, de los de verdad, de los de telas de la peor calidad y colores de lo más chillones. Esos no parecen tener en la India su paraíso, precisamente. Excepto Goa, Daman y Diu, antiguas colonias portuguesas, nadie sabe sobre el Carnaval y el disfraz ha quedado inexorablemente vinculado a Halloween. Buscando, buscando y gracias a las informaciones de amigos y conocidos, sin embargo, hemos encontrado dos. Y ahí van las referencias, por si algún día nos da por disfrazarnos de Hanuman, de Ganesh o de Medusa con el pelo lleno de cobras enroscadas.
Alpana Tracers.
Sarojni Nagar.
Shri Amar Chitrashala
2699, Chatta Pratap Singh,
Kinari Bazar, Old Delhi
En el empeño por encontrarlos, ciertamente el primero queda más a mano. Pero en Kinari Bazar, a parte de visitar esta tienda minúscula se puede deambular por la multitud de tiendas, tiendecitas y tienduchas de complementos para bodas y otros elementos decorativos y terminar de confeccionar esa fiesta de disfraces que tenemos en mente.
Shahnai – Handmade Paper
206, Chawri Bazaar · Old Delhi, Delhi · 1123255332 / 9810624553
En la zona final de Ballimaran, cerca de Chawri Bazaar, se suceden las tiendas de papel artesanal. La mayoría venden tarjetas de boda muy indias y hay que encargarlas en grandes cantidades, aunque algunas venden piezas sueltas y bonitos sobres con efígies de Ganesh o una rupia inscrustada, originalmente para entregar el dinero que se regala en las bodas, pero que podemos reciclar para muchos otros usos. Con todo, hay una tienda, a medida que nos acercamos a la Jama Masjid, que marca la diferencia con las demás. Medio subterránea, pero con una cristalera que da a la calle tiene todo tipo de papeles colgados de las paredes de una forma extrañamente ordenada y pulcra. Shahnai vende los mejores papeles hechos a mano para los más diversos usos, desde envolver regalos hasta hacerse un album de fotos. Venden desde una hoja suelta hasta grandes cantidades y se ofrecen a mandarlos al extranjero si el pedido es suficiente. He visitado muchas de estas tiendas porque me apasiona el papel hecho a mano, y ninguna consigue que te entre por los ojos como esta. Tal vez haya algun lugar recóndito, escondido entre callejones en Ballimaran que vende papel más barato, de más calidad, más original… Pero hasta que lo encuentre y pueda recomandarlo, dejo esta tienda que simplemente hará las delicias de los que algún día quisieron de mayores tener una papelería.
Los búfalos también tienen corazón
En un arranque de provocación el otro día me adentré en Old Delhi con un alumno. Ashgar me había dicho que allí había varios sitios que servían ternera, así que fui en busca de la irreverencia, a saber como sabía la ternera india. En un puesto callejero, unos pedazos de carne oscura esperaban al consumidor que los comprara. El vendedor anunció que costaban solo 5 rupias el plato y mi cándida mente pensó “vaya, si que quieren ser irreverentes estos musulmanes que además de vender ternera, la venden por cuatro duros (al mismo precio que un té callejero). Acababa de comer algo dulce, así que no me atrevía a probarla, para no quitarme el azucar del paladar, pero finalmente el tendero me ofreció sólo un pedazo, para probarla. Nada más entrar en la boca, noté que aquello no era ternera al uso, sino algo distinto y que el sabor, me iba a repugnar enseguida. En efecto, una salsa oscura cubría la realidad de mi carne de ternera, corazón de búfalo disfrazado. Escupí el pedazo de víscera, pero ni todo el agua del mundo me quitaron aquel saber repugante del fondo del paladar hasta llegar a casa.
Recomendación: no coman de la calle y, sobretodo, no acepten ternera de los desconocidos.
Old Delhi student
No me gustaría que el estudiante en cuestión leyera esta reseña de la tarde-noche de ayer y pensara que no lo pasé en grande. De hecho, la suerte de trabajar en la universidad es que tienes la oportunidad de codearte con un abanico bastante amplio de gente. Evidentemente, no hay pobres de remate, pero sí gente muy humilde.
El estudiante me invitó hace una semana medio en broma medio en serio, pero le tomé la palabra., pues la experiencia pintaba interesante. Cena con biryani en Old Delhi de verdad, nada de turisteo. Así que después de intentar coger un autobús, que es como él vuelve a casa desde las clases, y no conseguirlo, me ofrecí a pagar un auto que nos llevó después de un buen rato hasta Turkman Gate. La puerta sudoeste de Old Delhi no es de las más concurridas por los turistas, a pesar de que queda bastante cerca de la estación de trenes de New Delhi. Immediatamente, como quien no quiere la cosa, nos zambullimos en la muchedumbre, las calles estrechas y vibrantes que podrían estar en Asia Central o en Oriente Medio. Tiendas y tienduchas y vendedores ambulantes, colas de mendigos ante las dhabas esperando la limosna de algún benévolo musulmán de clase media, mujeres cubiertas de pies a cabeza, con tules negros sobre los ojos, niños traviesos, rickshaws maniobrando con dificultad a toda velocidad entre los viandantes, kilómetros de cables anudades en cada poste de la luz, del teléfono… torcemos una esquina y en el fondo de un callejón, sin apenas puerta empiezan unas escaleras que llevan a un segundo piso.
Tras la puerta, la casa, llamada así con benevolencia. Algo así imaginaba yo que sería una cela de una cárcel india. La pared de cemento sin rebozar tenía a penas una ventanita, que yo recuerde. El cuarto, menor que el comedor de mi casa alquilada, estaba ocupado por seis colchones de un dedo de grosor que se extendían en el suelo cubriendolo casi todo y marcando el espacio de cada uno de los inquilinos de la habitación. En el centro una mesa con un ordenador y el equipaje de los habitantes. Ni armarios, ni cajones, ni nada que se le parezca. Todo iluminado con la ténue luz de un fluorescente, como no. Sin cocina, sin baño para los seis. Uno se compartía con los otros inquilinos de las otras dos o tres habitaciones de la planta. Todo por la módica cantidad de 1000 rupias. Él llevaba allí tres años, estudiando, algunos de los otros tenían un trabajo.
Me invitó a un café de la tienda de abajo y a un pastel que francamente estaba bastante bueno, una especie de crema con coco por el medio. Estuvimos hablando largo y tendido, ante la mirada curiosa de un estudiante de clases particulares sentado en el tercer colchón empezando por la izquierda. Mi alumno tenía el sexto, en una esquina del cuarto frente a la pared y al ordenador. No sé si sería un privilegio por la antigüedad o un castigo. No me atreví a preguntarselo. Terminado el café, salimos a la calle. No hay sorpresas en Old Delhi, uno se espera lo que va a encontrar, pero nunca deja de fascinarme la estética de los antiguos havelis medio derruidos, los balcones en diagonal, la decadencia y decrepitud de la mayoría de lugares, los pequeños consultorios de medicina india, la normalidad con que los habitantes de Old Delhi viven el vivir en una ciudad que tiene un sur, que es otra ciudad. Tomamos un biryani de pollo en un lugar donde los platos olían excepcionalmente bien. Por la calle, me ofreció un kheer (arroz con leche y frutos secos, más espeso que el que comemos en España) frente a la silueta oscurecida de la Jama Masjid en plena noche. El mercado en vías de cerrar, todavía con algunas luces encendidas y alguna cabra nerviosa huyendo del abnegado propietario. Tras tirar la vasija del kheer al suelo, nos dirijimos hasta la parada del autobús donde cogí el 403, sentado en la esquina de atrás, sintiendo cada bache de la carretera hasta Ashram, pensando que hay muchas vidas posibles en esta ciudad.















