Cada vez que me voy, siento que no volveré, aún sabiendo que tengo un vuelo de regreso para el 1 de julio. De nuevo, mira la luna llena de Buddha Purnima y parece la última.
Saliendo del aeropuerto, en medio de una especie de autopista a ninguna parte, el recien aterrizado expat, ve con ojos como platos un gigantesco edificio sin ninguna gracia especial, a parte de los grandes anuncios de marcas internacionales. Por una vez, no son las marcas de siempre: Nike, Reebok, Levi’s… sino la alta costura, los diseñadores reputados y, en definitiva, aquellos objetos fuera del alcance de la mayoría de los mortales y de la casi totalidad de los indios (Armani, Paul Smith, Louis Vuitton, Prada, Gucci…). Probablemente, el recién aterrizado extranjero, acaba de topar con un niño famélico, una chabola de uralita o una vaca pastando en la basura, por lo que el centro comercial extraterrestre le impacta, pero incluso puede hacerle soñar con una dosis de cosmopolitanismo.
El susodicho debe conocer la realidad del lugar. En efecto se venden marcas internacionales de lujo. La ratio de consumidores por empleado en un sábado por la tarde debe aproximarse al 1/30. Emporio es un centro comercial desierto, donde lo único que consigue algun cliente es la cafetería On the Go (buena y asequible). Lo demás, decorados de cartón piedra con dependientes de punta en blanco que al cruzar el umbral de su establecimiento vuelven a la vida y se deshacen en atenciones (pues tal vez sea la única persona a la que podrán atender). Dicen lsa malas lenguas que nunca se conoció persona que hubiera comprado en los malls más lujosos de Delhi (Select City Walk, DLF, MGF…). En Emporio, tal leyenda urbana cobra todo el sentido.
En ese lejano lugar llamado Vasant Kunj, hay un lugar para sus relajantes y silenciosos paseos de tarde bajo el AC. No dude en refugiarse en Emporio, aunque tenga que llegar en autobús público.

D-1B, Green Park · Green Park, Delhi · 01146082663 / 9871295093
Me confieso fan de todos aquellos restaurantes que sirven platillos complimentary, pero el Gung además es una buenísima elección para romper con la rutina alimenticia india. El manager, un señor indudablemente coreano por la cara y por el acento, nos acompañó a la mesa y se ocupó de sugerirnos algunos platos según nuestro gusto y necesidad. Al abrir la carta, los precios parecen un poco prohibitivos (para bolsillos de becario), pero hay que recordar que las tapas son free. Cuando empezaron a traer platos llenos de verduras en conserva y demás pica pica, nos sentimos agasajados, pero al irlos rellenando cada vez que se terminaban, uno podía pensar que te los iban a cobrar (como sucede en muchos restaurantes de Taiwán o Japón). Pero no! Eran de verdad complimentary. Centrándonos en la comida, hay que felicitar particularmente al tipo que hizo la conserva de flor de loto, que estaba deliciosa. Mucho kimchi, tortilla y unas tortitas excelentes. Podríamos habernos alimentado solo de tapas coreanas. Pero no solo de entrantes gratis vive el hombre y la carta anunciaba un festín. De entre la variedad de carnes y mariscos, elegí el bulbogi de ternera, totalmente recomendable. No era exactamente como lo recordaba en Barcelona, además lo traían con lechuga para hacer unos rolls y mojarlo en salsa de judías rojas (como la costilla de cerdo con judías de soja fermentada), pero estaba delicioso. Las porciones eran extraordinariamente grandes y se puede decir que con un plato por persona para compartir se podía saciar el apetito del más hambriento. El postre, fruta refrescante, también era complimentary. But, of course!
1, Ashoka Road · New Delhi, Delhi · 01123382031
Me lo había recomendado un amigo en 2006 por su biryani, pero nunca conseguí meterlo en mi agenda, no precisamente apretada. Pasaron los años y al final conseguí encontrar el momento y, a saber, valió la pena. Lo cierto es que es una experiencia presentarse en el Andhra Bhawan un domingo francamente tarde para tomarse un thali genuinamente andhra. Nos estrujamos hasta la caja y pedimos tres thalis y una botella de agua. Nos tocó el número 205 en la lista de espera. Por suerte, la persistente presencia cerca del organizador de tal marabunta nos permitió sentarnos 130 números antes de lo pertinente.
No hay mucho que pedir en este restaurante. O sea, que la carta se reduce a un thali, pollo frito, pescado al curry y cordero frito. El domingo excepcionalmente se concina el famoso biryani de Hyderabad, pero llegamos tarde, así que no podré opinar. De todos modos, el thali parecía una buena opción (todo el mundo lo comía con avidez). El menú se sirve en platas metálicas y consiste en arroz, puris, dos tipos de verduras (berenjenas y algo que no pude reconocer), dos tipos de lentejas, rasam, sambhar, un dulce (excelente) y yogur. A parte se servía una dosis extra de ghee para aquellos que quisieran enriquecer la ya de por si copiosa bandeja. Cualquiera de los platos era rellenado immediatamente después de ser consumido. Arroz ilimitado, puris ilimitados. Un ágape en toda regla. Y debo decir a que aunque el menú amenazaba picante, resultó mucho más asumible de lo esperado.
Al final, resultó una curiosa manera de pasar la tarde del domingo entre andhras, un colectivo bastante invisible para los extranjeros, y descubrir que en el sur se come algo más que dosa, uttapam e idli.
3/48, Malcha Marg · Chanakyapuri, Delhi · www.fezdining.com
La aglomeración de lámparas de metal y vidrio de colores podría evocar una tienda de antigüedades, pero básicamente es un restaurante. Obvio. Los espacios están bastante cuidades, da la sensación de estar en un reservado en todo momento. La decoración y la música son agradables. Los camareros, en cambio, parecen traidos directamente del Turkestán chino y hablar dialectos de idiomas impronunciables, aunque en realidad es inglés.
Pero si pasamos a la comida, parece que quedamos bastante satisfechos. La carta tenía un poco de todo lo mediterráneo, aunque dominaba lo magrebí (sin excesos). Algunos platos apetitosos con cordero, ternera y un tajine de pollo que prometía. Los habituales de la gastronomía del Próximo Oriente podrán disfrutar de su dosis de falafel y hummus, totalmente recomendables. Mi elección fue también excelente: un bocadillo de ternera en focaccia de cebolla, que no era lo más marroquí de la carta, pero hizo mis delicias.
Precios medios, excepto en las bebidas alcohólicas.
Basada en la obra homónima, esta película bengalí de Aparna Sen apunta a ser lo mejor del año en el panorama cinematográfico de Delhi. ¿Quién no ha tenido un amigo postal? Así empieca esta historia. Una japonesa y un bengalí empiezan a cartearse en inglés. Superando los problemas lingüísticos entablan una relación que les llevará hasta el matrimonio, también postal. Las circunstancias (pobreza, enfermedad…) obligan a posponer el encuentro del matrimonio que ve pasar los años, sin titubear en su empeño de escribir y de ser amados. En algunos momentos algo naif, lo cierto es que esta historia conjuga todos los géneros. La trama tiene toques épicos, mezcla drama con humor benévolo y todo ello bañado por los planos de los Sunderbans; poesía ensimismada.
36, Middle Lane · Khan Market, Delhi · 01141757570
La exposición de postres tienta desde el mostrador. Los asientos son cómodos y la luz se filtra por las enormes ventanas. Uno se sienta comodamente en las sillas acolchadas y ojea el menú. Algunas diferencias notables en la carta respecto a las cafeterías al estilo: mucho chocolate, aparentemente del bueno. Recomiendo el milk shake de brownie y no recomiendo los croissants, que al fin y al cabo parecen de bollería industrial (será la bolsa de plástico).
No está mal para quedar con alguien a merendar, aunque el ambiente es frío y el servicio es algo estirado y desde luego el día que lo visité no fue excelente. Y para colmo, algunas mesas tienen una forma tal que te sientas como el rey y la reina (sabéis esa imagen típica de la mesa alargada con los monarcas uno en cada extremo hablando a gritos).
A diferencia de otros locales del mercado, tiene wifi pagando. Otro desatino.
Definitivamente la palabra canopy no se hizo para ser escrita, de hecho no existe en el diccionario de la RAE algo que le dé sentido (baldaquín, dosel, toldo?). Llamemosle canopio que, además, suena bastante mal. Aquí, en esta cúpula que me recuerda más a un gumbad que a un canopio, Metcalf se sentaba a observar las ruinas de Mehrauli. Según cuenta Dalrymple en su libro La ciudad de los djins, y si no me falla la memoria, Metcalf fue el primer enviado de la Compañía de las Indias Orientales ante la corte mogol en Delhi. Al hombre le hechizó la forma de vida mogol de tal modo que se adaptó hasta cambiar totalmente su apariencia y formas; tanto que desde Calcutta tuvieron que desposeerle del cargo. El canopio es una de tantas rarezas que dejó en su proceso de indianización para los anales de la Compañía y el placer de los paseantes. Volvemos a Mehruali Archeological Park, como no.
India y Pakistán no se arreglarán por un matrimonio entre deportistas. De hecho, visto y oído lo que se dice en Delhi, creo que el matrimonio de Sania Mirza no le ha hecho ningún bien, a ella en particular. Es bonito ver la vida al estilo new agie de este artículo de La Vanguardia, pero residir en Dubai parece una decisión más acertada que trasladarse a Bombay donde si le quitas la “y” tendrás lo que les puede caer de regalo de bodas.
1. Substituya la palabra China por India y Pekín por Delhi y comente el texto.
Algunos países actúan como una droga. Es el caso de China, que tiene el sorprendente poder de convertir en pretenciosos a todos aquellos que han estado allí, incluso a todos aquellos que hablan de ella.
La pretensión induce a escribir. De ahí la ingente cantidad de libros sobre China. A imagen y semejanza del país que los ha inspirado, esas obras son lo mejor (Leys, Segalen, Claudel) o lo peor.
Yo no fui la excepción a la regla.
China me había convertido en un ser tremendamente pretencioso.
Nada permite tanto dárselas de algo como decir: “Acabo de llegar de China”. Y todavía hoy, cuando intuyo que alguien no me admira lo suficiente, recurro a un “cuando vivía en Pekín”, pronunciado como quien no quiere la cosa y en un tono de voz indiferente.
Es una especificidad real, ya que, después de todo, también podría decir “cuando vivía en Laos” que resultaría mucho más excepcional. Pero no tiene tanto glamour. China es lo clásico, lo incondicional, es Chanel nº 5.
[Amelie Nothomb, El sabotaje amoroso]
Nada que comentar. No puedo estar más de acuerdo.
Llega la noche en Benarés y la gente, turistas y locales, toma posiciones para ver el aarti en honor al río en Dasaswameth Ghat. Las barcas se agolpan a la orilla, chocando entre ellas por un plano que haga la experiencia más intensa, más única, más excepcional. Lo cierto es que cuesta desvincularse de lo que sucede alrededor; de los japoneses saltando por encima de la multitud para fotografiar la pequeña vela a los pies del joven brahmin, el alemán vestido como un pedigüeño con la mirada perdida que parece seguir los ritmos de la música, los barqueros conversando entretenidos sobre el último partido de críquet, la ausencia del monzón o lo raros que han sido sus clientes del día. Tal vez muchos no saben, que lejos de la pompa de la representación en el ghat principal hay otros que a menor escala realizan los rituales quedamente, entre niños que corretean y apagones de luz.
Apenas hay turistas en Lalita Ghat, un ghat cercano a Manikarnika. Ni la técnica, ni la coordinación ni el despliegue de medios tampoco les ayuda a competir con el aarti de todos los aartis. Sin embargo, unos minutos a orillas del Ganges, bajo la simple actuación de estos jóvenes brahmines, totalmente envueltos en la oscuridad, deja la sensación de haber vivdo algo íntimo. Como en una Fiesta Mayor o una cantada de habaneras, donde las familias se reunen con devota atención mientras los niños juegan al escondite inglés, por un momento me trasladé a la infancia. Las barcas se amontonaban a lo lejos y el estruendo de Dasaswameth Ghat retumbaba en las nostálgicas fachadas palaciegas, mientras unos pocos miramos como, a su ritmo, el fuego honraba al sagrado Ganges en un rincón solitario de la intemporal Varanasi.